EL ARTICULO DE LA SEMANA:¿Estamos preparados para la “cuarta revolución industrial?"
Begoña Urien
Doctora en Psicología Social y de las Organizaciones
Profesora Facultad de Educación y Psicología, Universidad de Navarra
Desde que se inicia este nuevo siglo, hemos asistido a dos crisis económicas que han golpeado con fuerza nuestro país: la crisis financiera e inmobiliaria en 2009 y la pandemia COVID, esta última afectando gravemente a nuestro PIB (-11%). El futuro del trabajo es incierto: esta es mi experiencia de más de tres décadas trabajando. Las crisis influyen en el peso de los sectores de actividad en la economía y estos a su vez influyen en el tipo de profesionales que demanda el mercado de trabajo. Por ejemplo, la representación de la industria, sector que, en general, oferta de “trabajo de calidad”, ha descendido del 26,3% en 2008 al 20,2% en 2019, mientras que el sector servicios ha pasado desde el 63,5% al 67,9% (Statista, 2021)[1]. El sector servicios, también, demanda profesionales cualificados para los servicios financieros, de consultoría, la educación, la sanidad o las Administraciones Públicas.
Con respecto al empleo de los jóvenes, mencionar que, entre los 25 y 39 años, las tasas de paro, se reducen con el nivel formativo alcanzado. Así, entre las personas con estudios obligatorios, el paro es del 24,6%, con estudios obligatorios no terciarios es del 17,9%, mientras que, en estudios terciarios (grados universitarios y ciclos formativos de grado superior), la tasa de paro ser reduce hasta el 13,2%[2]. Además, con los últimos datos disponibles[3], tres de cada diez personas en esa franja de edad, solo tienen estudios obligatorios (en la Unión Europea –UE- esta cifra es de 1,5) y la tasa de abandono en la ESO es del 34,9%.
Si queremos fortalecer nuestra economía debemos prepararnos para los desafíos tecnológicos
Los planes de recuperación de la crisis actual en la UE tienen como “…objetivo el mitigar el impacto económico y social de la pandemia de coronavirus y hacer que las economías y sociedades europeas sean más sostenibles y resilientes y estén mejor preparadas para los retos y las oportunidades de las transiciones ecológica y digital.”[4] Este reto precisa de la ciencia y de la tecnología para no quedarnos atrás en lo que algunos denominan “la cuarta revolución industrial”. Esta “revolución” precisa de personas preparadas para poder no solo adaptar las industrias y los servicios actuales, sino crear nuevos negocios aprovechando esta “masiva digitalización interconectada”.[5] El presente y futuro “son tecnológicos” por lo que es importante que las y los jóvenes, futuros profesionales, puedan adquirir competencias tecnológicas y digitales durante su formación.
Este importante desafío requiere que, las organizaciones y el sistema educativo post obligatorio, trabajen de forma coordinada para que los centros de formación
profesional, las universidades y escuelas de negocios puedan satisfacer la demanda de profesionales cualificados.
En este sentido, la oferta de grados en las universidades españolas públicas es del 34,1% en ciencias sociales y jurídicas; el 12,1%, ciencias de la salud; el 26,9% son
ingenierías y arquitectura y el 12,6% ciencias. El porcentaje de las ciencias sociales en las universidades privadas asciende hasta el 54,8%, bajando el de las ingenierías (8,5%) y ciencias (2,3%)[6]. Mientras que las estadísticas de inserción laboral por titulaciones arrojan, en 2019, unas bajas tasas de paro para las ingenierías del 4,7%; informática, 2,3%, matemáticas, 3,7% y física, 5,6%, frente a las de las humanidades (13,3%) o la historia (16,7%).
Con respecto a la formación profesional, los datos también muestran que las y los jóvenes se concentran en las familias profesionales orientadas a los servicios (80% del total)[7], tales como servicios a empresas, personas, actividades sanitarias, comercio y hostelería.
Si nuestra “independencia” tecnológica y futuro económico y social requieren más perfiles de ciencias, tecnologías, informática e ingenierías (perfiles STEM), cabría esperar que, cada vez más, las y los jóvenes solicitaran su admisión en este tipo de estudios y, que universidades y centros de FP, ofertaran más plazas en estos títulos.
Sin embargo, tanto la prensa nacional, como los estudios en el ámbito, apuntan en la dirección contraria. Así, estamos cinco puntos por debajo de la UE en la elección de una ingeniería y que los matriculados en carreras tecnológicas descienden un 30% desde el 2000 (El País, septiembre, 2019); que la ratio entre graduados universitarios en áreas STEM y población de 20 a 29 años se redujo en España en el periodo 2013-2019 mientras que creció en la Unión Europea y sus principales países[8]; o que algunas especialidades de ingeniería no llenan sus aulas (El Correo, marzo, 2020). En paralelo, se pueden encontrar algunos blogs titulados “estudiar ingeniería en España es un auténtico timo” o incluso “estudiar una ingeniería apesta”, que, claramente, no contribuyen a la “deseabilidad” de estos grados.
Entre las causas que se manejan para explicar esta situación, hay dos sobre las que como “responsables de personas”, podemos actuar. La primera, está relacionada con la cultura del “esfuerzo” y, la segunda, con que graduados en ciencias sociales y jurídicas llegan más fácilmente a puestos de responsabilidad, mejor remunerados. Desde las organizaciones, podemos contribuir a dicha cultura del esfuerzo, detectando y reconociendo la perseverancia y la resiliencia de aquellos empleados que se plantean metas que les sacan de sus “zonas de confort” o que aceptan los retos que le plantea la empresa. En segundo lugar, las organizaciones pueden repensar sus políticas de progresión y promoción diseñando carreras profesionales atractivas, que incluyan puestos en la alta dirección para los STEM. De esta manera se empezaría a percibir que el esfuerzo que implica graduarse en una STEM, tiene su recompensa en el mercado laboral, y, probablemente, este hecho redundará en que más jóvenes opten por estos estudios.
En definitiva, como país necesitamos no perder el tren de la cuarta revolución industrial y, para este fin, necesitamos incrementar el número de personas preparadas para trabajar en esta transformación. Por otro lado, las empresas sufren en sus procesos de reclutamiento y selección la escasez de estos perfiles, situación que, observando las anteriores cifras, no va a mejorar, por lo que habrá que importar talento o diseñar costosos programas de re-cualificación. Por lo tanto, es una responsabilidad colectiva contribuir a cambiar la forma de percibir las STEM, proporcionando carreras profesionales atractivas a estas y estos jóvenes profesionales.
[1]https://es.statista.com/estadisticas/501643/distribucion-del-producto-interior-bruto-pib-de-espana-por-sectores-economicos/
[3]https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=Estadistica_C&cid=1254736056996&menu=ultiDatos&idp=1254735976597